Diplomacia sin brújula

El paso de Juan Ramón de la Fuente por la Cancillería se caracterizó por falta de liderazgo, inexperiencia diplomática y baja incidencia internacional de México



Hay momentos en la vida pública en los que la discreción no es virtud, sino síntoma. La gestión de Juan Ramón de la Fuente al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores pertenece a esa categoría incómoda: la de los funcionarios que transitan por el poder sin dejar huella, sin construir legado y, peor aún, sin estar a la altura de las circunstancias. En un contexto internacional marcado por tensiones crecientes, redefiniciones geopolíticas y una relación particularmente ríspida con Estados Unidos en la nueva era de Donald Trump, México necesitaba algo más que un operador administrativo. Necesitaba conducción. Y no la tuvo.

Un canciller sin oficio diplomático

La diplomacia no se improvisa. Se aprende, se ejerce y se perfecciona con años de práctica en un entorno donde los matices importan tanto como las decisiones. Psiquiatra de profesión, De la Fuente nunca perteneció a ese mundo. No es producto del Servicio Exterior Mexicano ni construyó una carrera que le otorgara reconocimiento entre sus pares. Su paso por la embajada ante la ONU durante el gobierno de López Obrador ya había anticipado lo que vendría: un desempeño opaco, sin protagonismo, sin capacidad de incidir en los grandes debates multilaterales.

En la Cancillería, la historia se repitió. Hizo lo estrictamente necesario. Apenas. Administró la inercia, evitó sobresaltos y se limitó a cumplir con el guion. Pero la política exterior no es una ventanilla de trámites, es un instrumento estratégico del Estado. Y cuando quien la encabeza carece de visión, el país pierde presencia, influencia y, eventualmente, respeto.

De aquel secretario de Salud a este canciller distante

Hubo un tiempo en que Juan Ramón de la Fuente mostraba otra cara. Durante su gestión como secretario de Salud, en el gobierno del presidente Ernesto Zedillo, destacó por su apertura al diálogo, su disposición al consenso y una cercanía que facilitaba la interlocución. Era, en efecto, otro Juan Ramón: afable, receptivo, tratable.

Algo cambió en el camino. Su paso por la rectoría de la UNAM, con claroscuros evidentes, marcó una transición hacia un perfil más cerrado, menos accesible. Ahí se consolidaron sus vínculos con Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, pero también se acentuó una distancia que, con el tiempo, se volvió rasgo distintivo. En la Cancillería, esa transformación jugó en su contra: la diplomacia exige puentes, no murallas.

Una relación bilateral en terreno minado

Si había un frente que requería oficio, era la relación con Estados Unidos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca reconfiguró el tablero. Las tensiones comerciales, los temas migratorios y la seguridad fronteriza volvieron a colocarse en el centro de la agenda bilateral. Era un escenario de alta complejidad, donde cada palabra y cada gesto cuentan.

Frente a ello, la Cancillería mexicana optó por una estrategia reactiva, sin narrativa clara ni capacidad de anticipación. No hubo señales de liderazgo ni de construcción de alianzas estratégicas. México, una vez más, pareció ir detrás de los acontecimientos, en lugar de incidir en ellos. En ese contexto, la figura del canciller pasó prácticamente desapercibida. Y eso, en diplomacia, es una forma de fracaso.

El relevo y los mismos vicios

La llegada de su sucesor no garantiza, por sí misma, un cambio de fondo. Su principal mérito ha sido su cercanía con Marcelo Ebrard y su habilidad para mantenerse en posiciones clave, particularmente en la relación con América del Norte. Ha logrado ganarse la confianza de Washington, lo cual no es menor, pero enfrenta un desafío de proporciones mayores: la renegociación del T-MEC y la necesidad de lidiar con un Trump en plena segunda mitad de su mandato.

Cuenta con el respaldo de Claudia Sheinbaum y el apoyo de Ebrard, pero eso no sustituye resultados. La diplomacia no se mide por lealtades internas, sino por eficacia externa. Y en ese terreno, no hay margen para la improvisación.

Una diplomacia extraviada

Lo preocupante no es sólo el paso gris de un canciller, sino lo que revela sobre el estado de la política exterior mexicana. Hoy, la diplomacia parece atrapada entre la inexperiencia y la ocurrencia, en un mundo que exige cada vez más profesionalismo, conocimiento y capacidad de adaptación.

México cuenta con un cuerpo diplomático de carrera altamente calificado, con experiencia acumulada y conocimiento profundo de los principios que históricamente le han dado prestigio al país en el escenario internacional. Sin embargo, ese capital humano ha sido sistemáticamente subestimado o relegado.

El costo de la irrelevancia

La irrelevancia no es gratuita. Un país que no se posiciona pierde oportunidades, influencia y capacidad de negociación. En tiempos de cambios vertiginosos, donde las decisiones se toman a gran velocidad y con impactos globales, quedarse al margen no es una opción viable.

El paso de Juan Ramón de la Fuente por la Cancillería será recordado, si acaso, por su falta de relieve. No dejó crisis, pero tampoco soluciones. No cometió grandes errores, pero tampoco construyó grandes aciertos. Y en política exterior, la medianía suele ser más costosa que el error.

Nadie lo recordará como un canciller decisivo. Y, siendo francos, nadie lo extrañará. Porque cuando la historia exige liderazgo y recibe pasividad, el resultado es inevitable: un país poco activo, incide menos y pierde terreno en el mundo.