El embarque de Caparica: un acto de fe y responsabilidad

Los toros ya viajan con rumbo a Mérida para ser lidiados el 25 de enero



Foto: Juancho Cervantes

El embarque de los toros de Caparica rumbo a Mérida no fue un simple trámite ganadero: fue un acto de fe, de responsabilidad y de respeto profundo por una de las plazas más serias de la geografía taurina. En la quietud tensa del amanecer, cuando el campo aún guarda silencio y el aliento del toro se confunde con la neblina, se llevó a cabo el embarque de los astados que serán lidiados el próximo 25 de enero en la Plaza Monumental Mérida, escenario que no perdona la improvisación y exige, como pocas, verdad íntegra desde chiqueros.

TE PUEDE INTERESAR: América, una caricatura; se quedó con diez y San Luis le pasó por encima

La jornada comenzó con la llegada puntual de los camiones, pero también con algo más difícil de transportar: la historia, el prestigio y el compromiso de Caparica, una casa ganadera que entiende que criar toro bravo no es producir volumen, sino carácter. Cada puerta que se abrió, cada compuerta que cedió, fue testigo de un manejo pulcro, medido, casi ceremonial, donde nada se dejó al azar.

Fuimos recibidos por Roberto Viezcas, hombre de toros, cabal e íntegra, cuya presencia transmite la serenidad de quien sabe que el trabajo está hecho. Con palabras claras y sin estridencias, explicó que el manejo del toro de lidia empieza mucho antes del embarque: en la selección genética, en la alimentación, en el respeto por los tiempos del animal y, sobre todo, en la conciencia de que cada toro que sale del campo representa a toda una ganadería.

“El toro no se improvisa”, parece decir cada gesto suyo, cada indicación precisa al equipo que lo acompaña. El embarque fue un espectáculo en sí mismo. Los toros, bien presentados, serios, con trapío acorde a la exigencia de Mérida, respondieron con poder y temperamento. No hubo carreras innecesarias ni forcejeos: hubo técnica, conocimiento y una lectura exacta del comportamiento del animal bravo. Así se maneja el toro cuando se le entiende; así se honra su bravura sin quebrantarla.

Mérida no es una plaza cualquiera. Su afición es conocedora, exigente, y su historia pesa. Llevar toros a esa arena implica asumir una responsabilidad mayor: la de sostener la esencia del toro de lidia en tiempos donde la autenticidad se pone constantemente a prueba. Caparica lo sabe, y por ello apuesta por un encierro que no busque concesiones, sino verdad.

El cartel que se anuncia para el 25 de enero necesita, como columna vertebral, un toro que embista con fondo, con transmisión y con emoción. En ese sentido, el embarque vivido deja claro que la ganadería entiende su papel: no es acompañar el espectáculo, es provocarlo. El toro es el eje, el principio y el final de la fiesta.

El futuro de la tauromaquia pasa necesariamente por el campo. Y jornadas como esta, lejos del ruido de la plaza pero cargadas de significado, confirman que todavía hay quienes asumen el reto con seriedad y pasión.

Cuando el último toro subió al camión y las puertas se cerraron, no terminó el acto: comenzó la espera. La espera de Mérida, de su arena, de su público. Lo que partió no fue solo un encierro, fue una declaración de principios. Caparica va a una plaza seria con toros serios. Y eso, hoy en día, ya es una noticia que merece ser contada.