El 23 de febrero, durante una conferencia matutina, el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, al informar sobre la operación de búsqueda, localización, identificación y neutralización del máximo líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y reconocer la pérdida de tres militares y 25 elementos de la Guardia Nacional, no aguantó la ansiedad acumulada e interrumpió su informe para sollozar y dirigir unas breves palabras de condolencia a los familiares de los elementos caídos en el cumplimiento del deber y a las tres Fuerzas Armadas con las que hoy, el Ejército Mexicano, enfrenta la defensa de la seguridad nacional en México.
¿Debilidad o fortaleza del alto mando militar?
Para poder emitir una postura, la gente tendría que entender, conocer y asimilar la vida uniformada. No es cosa menor lo que atestiguamos en esas imágenes y tiene múltiples significados que terminan por impactar en un concepto clave para la seguridad en el país: el espíritu de cuerpo.
Dentro de la vida militar hay un decálogo que rige la vida castrense y que forma parte de su actividad rutinaria: honor, lealtad, disciplina, patriotismo, abnegación, espíritu de cuerpo, valentía, honestidad, responsabilidad y justicia.
El principal valor, y que ocupa el primero de los 10 señalados es el honor, que implica congruencia, actuar y pensar con rectitud, respetar al uniforme para preservar el prestigio de la institución y de las Fuerzas Armadas. Vivir y defender la dignidad de uno mismo y de los compañeros que integran, en este caso, al Ejército Mexicano.
El resto de los valores, en su conjunto, se materializan en el espíritu de cuerpo, ese sentido de pertenencia que se gana en una escuela militar, en una antigüedad (generación de estudiantes) que vive los embates cotidianos de sobrevivir en un ambiente hostil para el civil que inicia. Esa solidaridad y cohesión entre los iguales, empatía que los une al graduarse y formar parte de una unidad.
Estos principios de actuación son conocidos y practicados por toda la fuerza armada, en los cursos de formación inicial y hasta en los estudios de especialización y posgrado, son uso común y habitual, a tal grado que se puede distinguir a un soldado a simple vista.
Con esos valores, las Fuerzas Armadas desayunan, comen, cenan, duermen, conviven y trabajan; por eso, cuando son trastocados por los propios o extraños duele. Un acto omiso o corrupto, un ataque a la vida e integridad de quienes la forman y conforman, representa un inmenso dolor de quienes han hecho de su vida el honor.
Eso fue precisamente lo que atestiguamos, el sentido del honor materializado en ese espíritu de cuerpo solidario y empático con el guardia, con el soldado que ha dejado la vida por la seguridad de un país que muchas veces lo ha dejado solo al permitir que se multiplique esa casta criminal corrupta que gobierna por décadas.
El secretario de la Defensa demostró el sentir de miles de soldados, marinos y guardias nacionales que viven en un país donde no basta dejar la vida por la estabilidad nacional y convertirse en un anónimo más ante la arenga de “¡¡murió por la patria!!” o de un doloroso “¡¡presente!!” frente a los familiares que lloran la ausencia.
Esos 10 valores militares, encabezados por el honor y enmarcados por un sólido espíritu de cuerpo, deberían ser ejemplo no sólo para conformar las fuerzas policiales estatales y las siempre mal logradas municipales, sino de la sociedad en su conjunto.
Convencido estoy que ese decálogo, practicado por los ciudadanos, sería una buena vacuna contra el delito, el delincuente y la delincuencia.



