Hay toreros que no solo visten de luces: se visten de memoria. Y hay tardes que no transcurren, sino que regresan. El pasado sábado, en San Miguel de Allende, el tiempo pareció plegarse sobre sí mismo cuando Sergio Flores hizo el paseíllo envuelto en aquel mismo terno espuma de mar y oro con el que, doce años atrás, cruzó el umbral de la alternativa.
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No era un simple traje. Era un símbolo, una declaración íntima, un diálogo con aquel 2 de septiembre de 2012 en Bayona, cuando, bajo la mirada de Julián López “El Juli” como padrino y Miguel Ángel Perera como testigo, y frente a los toros de la Ganadería del Tajo y la Reina —con “Espejito” inscrito para siempre en la liturgia de su historia—, Sergio Flores se convirtió en matador de toros.
Doce años no son nada en el calendario, pero lo son todo en la piel de un torero. En ese tránsito caben dudas, silencios, tardes grises y otras de clamor. Sin embargo, hay quienes logran atravesar ese tiempo sin perder el pulso del sueño. Y Sergio Flores, en San Miguel, lo demostró con una rotundidad que no admite matices. Porque lo que allí se vio no fue nostalgia, sino plenitud.
Flores toreó con un poderío sereno, sin estridencias, como quien ya no necesita demostrar sino expresar. Hubo en su faena un entendimiento profundo del toro, una capacidad de leer cada embestida desde la quietud del que sabe esperar. Mandó con la muleta, templó con inteligencia y ligó los muletazos con ese poso que solo concede la madurez bien digerida.
No era el torero que se doctoró en Bayona; era la consecuencia de aquel. El resultado de un camino recorrido con fe, con heridas y con convicciones. El traje, idéntico en apariencia, contenía ahora otro cuerpo, otro pulso, otra verdad.
Quizá por eso la tarde tuvo algo de rito íntimo, de reconciliación con uno mismo. Como si al vestirse de nuevo de espuma de mar y oro, Sergio Flores no mirara hacia atrás, sino que reafirmara lo que siempre estuvo ahí: un sueño intacto.
Y es que hay primaveras que no obedecen al calendario. Hay primaveras que nacen en el alma de un torero cuando todo encaja, cuando el valor encuentra cauce y el arte se manifiesta sin esfuerzo. En San Miguel de Allende, Sergio Flores floreció. Y no era la primera vez. Pero sí, quizá, una de las más verdaderas.

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