Hidrógeno y electricidad: la distancia entre el discurso y la ingeniería

El hidrógeno es un medio de almacenamiento energético útil en sectores específicos, pero no es solución universal para la generación eléctrica.


RANCÉ
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En el debate energético contemporáneo, pocas palabras generan tanto entusiasmo -y tanta confusión– como “hidrógeno”. Se le presenta con frecuencia como la pieza faltante de la transición energética, capaz de resolver de un solo golpe los retos de descarbonización, almacenamiento y seguridad energética. Sin embargo, cuando se analiza con rigor técnico, el papel del hidrógeno en la generación eléctrica resulta mucho más limitado de lo que el discurso dominante sugiere.

Conviene empezar por una aclaración fundamental: el hidrógeno no es una fuente directa de energía, como el Sol, el viento o el gas natural. Es simplemente un medio para almacenar y transportar energía que previamente tuvo que generarse por otros medios. Para obtener hidrógeno siempre es necesario invertir energía previa, ya sea mediante electrólisis del agua o a partir de hidrocarburos. Esta distinción, aunque poco visible en el debate público, es clave para entender sus verdaderas posibilidades.

El llamado “hidrógeno verde” no constituye un nuevo combustible milagroso. Se trata simplemente de hidrógeno producido mediante electrólisis utilizando electricidad de origen renovable. Es, en el mejor de los casos, una forma indirecta de almacenar energía eléctrica renovable. Pero ese proceso tiene un costo energético significativo. Cuando se analiza la cadena completa -electricidad para producir hidrógeno, compresión o almacenamiento, y posterior reconversión a electricidad- la eficiencia global se sitúa típicamente entre 30 y 35 por ciento. En otras palabras, se pierden alrededor de dos tercios de la energía original.

Desde el punto de vista de un sistema eléctrico que ya enfrenta restricciones de capacidad, transmisión y reservas, esta pérdida no es un detalle menor. Utilizar hidrógeno para generar electricidad implica aceptar una penalización energética muy elevada, difícil de justificar cuando existen alternativas más eficientes y maduras para cubrir la demanda eléctrica.

Además, el hidrógeno no resuelve los problemas estructurales del sistema eléctrico. No sustituye la necesidad de redes de transmisión robustas, no compensa la falta de gas natural firme para generación térmica de respaldo, ni reemplaza las reservas operativas indispensables para mantener la estabilidad del sistema. Pensar lo contrario equivale a confundir un medio de almacenamiento con una solución sistémica.

Donde el hidrógeno sí puede aportar valor es en aplicaciones muy específicas. El almacenamiento estacional de grandes volúmenes de energía -cuando las baterías resultan inviables técnica o económicamente- es uno de esos nichos. Otro es su uso como insumo industrial en sectores difíciles de electrificar, como la siderurgia, la petroquímica o ciertos procesos de refinación. En esos ámbitos, el hidrógeno puede ser una herramienta útil dentro de una estrategia bien diseñada.

En cambio, su uso para generación eléctrica masiva enfrenta obstáculos considerables. Hoy por hoy, el hidrógeno verde es sustancialmente más caro que las opciones convencionales de generación. A ello se suma la ausencia de infraestructura adecuada para su transporte y almacenamiento a gran escala. Gasoductos, tanques, compresores y sistemas de seguridad representan inversiones enormes que aún no tienen un modelo económico claro.

Presentar al hidrógeno como una solución universal no sólo distorsiona el debate energético, sino que retrasa decisiones urgentes que sí pueden tomarse hoy: reforzar la transmisión, garantizar combustibles firmes, modernizar centrales existentes y planear con realismo la expansión del sistema eléctrico.

La transición energética no se construye con consignas ni con promesas tecnológicas adelantadas a su tiempo. Se construye con ingeniería, planeación rigurosa y sistemas eléctricos robustos. El hidrógeno puede tener un lugar en ese futuro, pero sólo si se le asigna el papel que técnicamente le corresponde, no el que el entusiasmo pretende imponerle.