Este martes 7 de abril, en la Cámara de Diputados se llevó a cabo el debate de la iniciativa de reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor, en el que se discutieron aspectos clave de la protección de la cultura, el talento y la creatividad; nos dieron las 10 y las 11, las 12 y la 1, las 2 y las 3 para que finalmente se aprobara y claro que los mariachis callaron.
Creadores y ejecutivos de empresas se movilizaron en el Congreso durante las últimas semanas, enfocando sus propias visiones e intereses, la de proteger la creación o la de abrirla a la IA sin mecanismos factibles de remuneración; los legisladores por supuesto que reconocieron el talento, la voz y la imagen de los artistas, se respaldó la propuesta de la doctora Claudia Sheinbaum, pero también se señalaron las incoherencias que generará esta norma, la ausencia de elementos para su operación y la falta de visión de lo que la sociedad requiere, especialmente el sector cultural.
La nueva polarización creativa
Pasarán más de mil años, muchos más, y seguirá el debate entre la vigencia del alma cultural de la humanidad o su transferencia a procesos automatizados de creación; la disyuntiva entre los derechos de autor y la inteligencia artificial.
Te pareces tanto a mí, dijera el ídolo de Juárez, pero definitivamente la copia no es el original, menos aún la mezcla entre unos y otros estilos, para crear un Frankenstein, considerando la falta de alma, esencia y sentimientos; esto ocurre con la creciente sustitución de procesos creativos humanos por sistemas de inteligencia artificial, lo cual introduce una fractura sociocultural relevante. Por un lado, amplía el acceso y democratiza la producción artística para que cualquiera que tenga acceso a una computadora y a un programa de IA pueda generar un prompt que escriba una obra, sea poema, canción, pintura, escultura, película o cualquier obra, al estilo de sus artistas favoritos; esto es, Les Myserables por Vicente Hugo, Las Menonas por Velasco, El grito de Eduardo Monchis o el Huapango de Migallo. Por el otro lado, la ausencia de lineamientos claros en el uso de las obras que han sostenido a la humanidad y siguen creando la esencia del presente.
Es así como se erosiona la percepción de autenticidad, mérito y autoría, siendo que esta tensión puede derivar en una polarización entre quienes privilegian la eficiencia tecnológica y quienes defienden la creación como expresión humana irreductible; aunque, por supuesto, debería buscarse el equilibrio.
La concentración económica en plataformas reduce los ingresos creativos, socialmente degrada el estatus artístico, culturalmente homogeniza estilos, fragmenta audiencias entre lo algorítmico y humano, profundizando exclusión e identidad erosionada en las economías emergentes.
Con dinero y sin dinero, opinan muchos tecnólogos, aunque los creadores saben que el entrenamiento de inteligencia artificial debe ser remunerado por constituir un acto de explotación indirecta de obras protegidas. Bajo la Ley Federal del Derecho de Autor, los creadores tienen derechos patrimoniales sobre reproducción y comunicación pública.
Asimismo, el Convenio de Berna establece el principio de protección automática y el derecho exclusivo de autorizar usos de la obra; el entrenamiento de IA implica, por tanto, copia masiva y análisis de contenido, lo que configura uso económico. La solución más eficiente es el licenciamiento colectivo obligatorio para reducir costos de transacción, permitir escalabilidad y asegurar distribución equitativa.
Además, bajo este esquema se establecen tarifas claras y accesibles para desarrolladores de IA, se genera trazabilidad en el uso de contenidos y garantiza cumplimiento regulatorio. Este modelo equilibra innovación tecnológica con justicia económica para creadores.
¿A dónde vamos a parar?
En estas condiciones, podría haber un desplazamiento económico, derivado de la automatización creativa y la reducción de la demanda de artistas humanos en mercados comerciales, especialmente en ilustración, música y contenido digital. Esto genera presión a la baja en ingresos, debilitando industrias culturales locales y favoreciendo concentración en plataformas globales con capacidad tecnológica superior.
Mañana, mañana, ya será un día muy triste, ante el riesgo de homogeneización cultural, entendiendo que los modelos de IA tienden a replicar patrones dominantes presentes en los datos de entrenamiento, lo que reduce la actual diversidad cultural e impulsa la estética global uniforme.
Conclusión
La falta de regulación en inteligencia artificial aplicada al arte y la cultura configura un riesgo sistémico: erosiona derechos de propiedad intelectual, redistribuye valor hacia actores tecnológicos y debilita industrias creativas nacionales. Sin intervención, se consolida un modelo extractivo donde el contenido cultural es insumo gratuito para innovación privada. La regulación debe equilibrar incentivos: proteger creadores, garantizar acceso legal a datos y promover competitividad.
Para México, el desafío es estratégico: convertir su riqueza cultural en activo económico protegido o permitir su explotación sin retorno. La ventana de política pública es limitada y decisiva.
Una vez más escuchamos la triste frase “las leyes son perfectibles”, ¿y por qué no aprobar una norma consensuada y estudiada desde la primera vez con la participación transparente de los actores relevantes? Así que al Congreso tendremos que, volver volver.
¿Cómo puede México liderar un modelo global de licenciamiento para IA que capture valor cultural sin frenar la innovación tecnológica?




