Señal: sucesión continua de narrativas vinculadas a fallas estructurales
Tendencia: consolidación de una sensación colectiva de colapso inminente
El sarampión no debería provocar alarma en 2026. Existe vacuna desde hace más de medio siglo. Su control no depende de un descubrimiento científico pendiente, sino de coordinación básica, confianza institucional y cobertura suficiente. Sin embargo, el solo titular activa algo más profundo que una preocupación sanitaria.
Activa memoria: encierro, hospitales saturados, gráficas exponenciales, conferencias nocturnas, la sensación de que el mundo podía detenerse.
El repunte del sarampión ocurre en un contexto distinto al del covid, pero emocionalmente dialoga con él. No por su letalidad, sino por lo que simboliza: el regreso de algo que creíamos superado.
Esa sensación no surge en el vacío. Desde 2018 el mundo —y México con su propia intensidad— ha vivido bajo una narrativa continua de ruptura. La primera llegada de Trump y la cuarta transformación marcaron el fin de un equilibrio político que, con sus límites, parecía estable. Dos años después, el covid suspendió literalmente la normalidad global. Más tarde, la guerra en Ucrania devolvió a Europa un conflicto convencional que parecía parte del siglo XX. En Medio Oriente, la espiral entre Israel, Gaza e Irán reactivó temores de escalamiento regional. El cambio climático dejó de ser proyección futura para convertirse en fenómeno recurrente. La inteligencia artificial pasó, en cuestión de meses, de curiosidad tecnológica a amenaza existencial en ciertos discursos. Las fricciones comerciales y de seguridad entre Estados Unidos y México introdujeron el lenguaje de intervención. Los archivos de Epstein alimentan la sospecha de podredumbre ética en las élites globales.
Cada evento es distinto, pero el mensaje subyacente es similar: “Ahora sí todo puede desmoronarse”. La diferencia con otras épocas no es necesariamente la magnitud de las crisis, sino su simultaneidad y exposición permanente. Nunca antes habíamos consumido el mundo en tiempo real, en formato de alerta constante.
El patrón no es el acontecimiento, sino la acumulación. No vivimos en colapso; vivimos en expectativa de colapso, y eso tiene consecuencias. En México, donde desde 2018 la narrativa política ha sido de ruptura estructural y transformación profunda, esa expectativa dejó de ser sólo percepción externa y se convirtió en identidad pública. Gobernar y oponerse se hacen desde la idea de que el sistema previo estaba agotado o corrupto.
Las sociedades no sólo se erosionan por crisis reales, sino por la percepción constante de que la próxima está a punto de llegar. Cuando la excepción se vuelve rutina, la mente colectiva pierde referencia de estabilidad, se amplifica la polarización, se favorecen liderazgos que prometen soluciones inmediatas a problemas complejos y se debilita la disposición a invertir en horizontes largos.
La economía también lo resiente: empresas y gobiernos planean menos y reaccionan más; la estrategia cede terreno frente a la gestión del riesgo inmediato, y la narrativa de emergencia desplaza la conversación sobre desarrollo.
En el plano político, la expectativa permanente de derrumbe erosiona la confianza institucional. Cada escándalo no se interpreta como falla puntual, sino como confirmación de que “todo está podrido” y nada merece defensa.
El sarampión, en este sentido, es menos relevante por su magnitud epidemiológica que por su capacidad simbólica. Es una enfermedad prevenible que reaparece, no porque la ciencia haya retrocedido, sino porque la coordinación social se fractura. Es recordatorio de que la vulnerabilidad puede surgir no por falta de conocimiento, sino por debilitamiento de la confianza y del consenso básico.
El mayor riesgo no es que el colapso ocurra mañana; es que llevamos años viviendo como si fuera inminente. Esa expectativa sostenida genera fatiga social y reduce la capacidad de distinguir entre amenaza real y ruido amplificado.
Tal vez el desafío de esta etapa no sea evitar el próximo evento disruptivo —porque siempre habrá uno—, sino reconstruir la noción de estabilidad como proyecto posible. No una estabilidad ingenua, sino una que reconozca la complejidad sin asumir el derrumbe como destino inevitable.
El colapso no ha llegado. Pero la expectativa permanente de derrumbe es, en sí misma, un factor de inestabilidad.

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