Van varias ocasiones en que el presidente Trump llena de elogios a la mandataria mexicana; la ha llamado “una mujer fantástica”, “líder maravillosa e inteligente”, entre otras frases que han hecho que se transforme el semblante de Claudia cuando se entera y lo comunica.
Sin embargo, generalmente, después de “alabarla” viene el golpe, la amenaza y las denostaciones a México; dice “que está gobernado por los cárteles”, “no ha hecho lo suficiente”. “no gobiernan los mejores”, “traen droga y crimen” y, la siguiente frase: “Hacen lo que nosotros decimos”.
No bastó lo anterior, lo inédito, el día 3 de febrero, a propósito del aniversario de la intervención norteamericana en suelo mexicano llevada a cabo en el siglo 19, el presidente Trump emitió un comunicado conmemorando la guerra entre ambos países (1846-48) calificándola de exitosa y como una “victoria legendaria” al tomar el territorio mexicano, incluyendo la Ciudad de México, evento que ningún mandatario anterior había ni siquiera mencionado.
Entonces, si Trump elogia a Claudia pero ataca a México, significaría, por lo menos para ese presidente, que México y los mexicanos no son la Presidenta, que, con todo el respeto y admiración que ha profesado por ella, terminará por implantar en México lo que a él le parezca: perseguirá a los narcoterroristas por tierra, mar y aire; impondrá sus condiciones económicas y, seguramente, seguirá presionando para desmantelar la clase corrupta mexicana… que Claudia niega una y otra vez, aunque las evidencias arrojen lo contrario.
México, cumpliendo con “las sugerencias” del vecino país, ha hecho todo lo posible para agradar más allá de la “cooperación sin subordinación”; ha desplegado miles de guardias nacionales a la frontera, comunicado cientos de detenciones de generadores de violencia y extraditado a poco más de 90 líderes representativos de 50 años de historia de delincuencia organizada en México. Sin embargo, la timidez de la Presidenta de México en materia de narcopolítica sigue dejando mucho que desear para el inquieto presidente Trump.
La última, la salida abrupta y dudosa del entonces líder de la bancada morenista en el Senado, Adán Augusto López, vuelve a sugerir, para la opinión pública nacional e internacional, que algo no marcha bien; “mandarlo al territorio” con fuero es tanto como alejarlo de los reflectores del poder y de la toma de decisiones que a alguien ya incomodaron, como en su momento lo fue el anterior fiscal general Gertz Manero.
Si bien es cierto, leer al presidente Trump es harto complejo. Siquiera creer en que la Presidenta piense que el mandatario norteamericano le es sincero, suena aterrador; que el silencio de aquel ante las aseveraciones de Claudia de “sí cooperación sin subordinación” se antoja una relación personal compleja, donde alguna de las partes saldrá lastimada, y más aún con declaraciones demagogas e incendiarias sobre la eventual protección de una soberanía que se pierde día con día al amparo protector de la narcopolítica que el gobierno de México niega sistemáticamente de su existencia; acaso, algunos operativos exitosos y valiosos, pero tímidos sobre el desmantelamiento de muy pocas presidencias municipales que se convirtieron inviables por sus relaciones político-criminales.
En México, el destino intervencionista está dado; nos podríamos imaginar el cómo pero no el cuándo. Se hará presente la mano dura estadounidense en materia económica, migratoria o de seguridad, eso es un hecho.
Mientras eso sucede, seguimos siendo testigos del modus operandi del vecino país hacia sus próximos objetivos regionales, Cuba y Colombia; denuesta, ataca, acuerda, manda señales conciliatorias y luego interviene.



