Señal: ruptura de tabúes históricos en EU sobre México
Tendencia: relación bilateral cambia de coordinada a jerárquica
Durante décadas, la relación entre México y Estados Unidos se sostuvo sobre una serie de tabúes no escritos que hacían posible una convivencia estable en medio de una asimetría profunda. Hoy, esos tabúes empiezan a caer uno por uno.
El primero es el de la guerra olvidada. El conflicto entre 1846 y 1848 fue siempre una herida fundacional para México y, al mismo tiempo, un episodio deliberadamente silenciado desde Washington en el lenguaje político contemporáneo. Era una cuestión de pragmatismo y estabilidad diplomática porque una relación basada en integración económica requería una narrativa posthistórica. Celebrar hoy aquella guerra desde canales oficiales estadounidenses no es un ejercicio de memoria, es una reclasificación simbólica. Cuando una potencia revive una guerra contra un aliado, deja de tratarlo como socio postconflicto y lo reincorpora a su relato fundacional de poder.
El segundo tabú es el de no llamar terrorismo a la violencia criminal mexicana. Durante años, esta distinción sostuvo un equilibrio clave. El crimen organizado se combate en marcos policiales y judiciales; el terrorismo pertenece al dominio de la seguridad nacional. No es una diferencia semántica, sino jurídica y estratégica. Nombrar terrorismo no describe una realidad, autoriza un tipo de intervención. Al normalizar ese lenguaje, México empieza a ser leído no sólo como un socio con problemas, sino como un espacio potencial de excepción, donde la soberanía puede volverse negociable bajo el argumento de la amenaza.
El tercer tabú es el del libre comercio como espacio neutral. Durante 30 años, el comercio funcionó como amortiguador estructural de la relación. El T-MEC y, más recientemente, el nearshoring descansaban sobre la idea de que la integración económica operaba al margen de la lógica geopolítica dura. Esa separación empieza a disolverse. La negociación sobre minerales críticos introduce otra racionalidad: ya no se trata sólo de eficiencia, sino de control, alineamiento y seguridad económica. México deja de ser visto como socio libre de mercado y empieza a ser tratado como pieza estratégica subordinada dentro de una economía de búnker, donde la autonomía productiva cede frente a la disciplina geopolítica.
Estos tres movimientos no anuncian una ruptura inmediata ni una acción directa. No implican, por sí solos, una escalada militar o una crisis abierta, pero sí marcan algo más profundo: el desplazamiento del marco desde el cual se gestiona la relación. Primero cae el tabú simbólico, luego el de seguridad, después el económico. El patrón no es improvisado.
Ese desplazamiento tiene consecuencias prácticas. A medida que los tabúes desaparecen, el margen de maniobra de México se reduce incluso sin cambios formales en tratados o acuerdos. Cada gesto de cooperación se vuelve políticamente más costoso hacia dentro; cada desacuerdo, más visible y más punible hacia fuera. La relación deja de operar en la zona gris de la ambigüedad estratégica –donde México históricamente ha encontrado espacio– y se mueve hacia un esquema cada vez más binario de alineamiento o fricción. En ese contexto, incluso decisiones técnicas comienzan a leerse como actos de lealtad o desafío.
México sigue pensando su relación con Estados Unidos en clave de tratados, cooperación y gestión técnica. Estados Unidos empieza a hablar en clave de historia, amenaza y alineamiento. Cuando los idiomas estratégicos dejan de coincidir, la relación no se rompe de inmediato, pero se reordena.
El diagnóstico, por ahora, es frío. México no enfrenta todavía una intervención directa, pero sí la erosión acelerada de los límites que durante décadas contuvieron el ejercicio abierto del poder. Los tratados regulan intereses. Los tabúes regulan jerarquías, y cuando esos tabúes desaparecen, la relación deja de administrarse y empieza a imponerse.

Señales y tendencia 


