“Chemita”, un gran novillo, marca la diferencia

El Salitrillo, sostiene el cierre de novilladas en Aguascalientes



Foto: Manolo Briones

AGUASCALIENTES.- La última tarde del serial de novilladas en la Plaza de Toros San Marcos no se sostuvo en la grandilocuencia, sino en algo más difícil de lograr: una verdad que fue apareciendo poco a poco, hasta tomar forma definitiva en el cuarto de la tarde. Pero antes de llegar a ese momento —que terminó por definir la función— hubo un hilo silencioso que recorrió todo el festejo: el del debut ganadero de José Luis Alatorre, que no era un dato menor, ni mucho menos en una plaza con el peso simbólico de San Marcos.

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No es lo mismo lidiar por primera vez en cualquier sitio que hacerlo aquí. San Marcos no es solo una plaza: es un filtro. Por su cercanía, por su afición, por su memoria. Aquí los novillos no pasan inadvertidos. Aquí se les mira. Y en ese contexto, la comparecencia del hierro de El Salitrillo tenía algo de apuesta personal, de carta de presentación sin margen para el disimulo.

El encierro fue, como suele suceder en estas primeras comparecencias, desigual. Hubo ejemplares que apuntaron cosas y otros que se quedaron a medio camino. Pero lo importante no fue la regularidad, sino el fondo: la intención de la ganadería, el tipo de embestida que se buscó, la idea que empezó a asomar en el ruedo.

Nano”, el primero, dejó ver un concepto: repetición, cierta nobleza, aunque sin terminar de romper hacia adelante. Daniel Prieto lo entendió desde el inicio, apostando por el impacto del recibo a porta gayola y desarrollando después una faena de criterio, sin perderle la cara al novillo. No fue un animal fácil, pero sí uno de los que permiten estar. La espada impidió que aquello tomara vuelo en el resultado.

Ensueño”, segundo, tuvo otro aire. Más movilidad, más disposición, aunque sin continuidad plena. Gustavo García “El Solito” lo aprovechó desde el capote, conectando con los tendidos desde el principio. La faena tuvo momentos de calado, de cercanía, de entrega. Pero la muerte —siempre determinante— desdibujó lo que pudo haber sido un triunfo mayor. Aun así, el novillo dejó ver una línea: animales que permiten, que no rehúyen, que invitan.

El tercero, “Don Luis”, fue la otra cara. Más áspero, más exigente, de los que obligan a pensar cada muletazo. Jairo López lo encaró con seriedad, intentando someter una embestida que no se prestaba. Hubo momentos de mérito, especialmente al natural, donde el novillero logró imponerse por momentos. No fue un novillo de lucimiento, pero sí de los que dicen cosas importantes sobre la ganadería: también existe esa otra dimensión, la de la exigencia.

Y entonces llegó “Chemita”.

El cuarto novillo no solo cambió la tarde: cambió la lectura del encierro. Porque ahí apareció con claridad lo que hasta ese momento solo se intuía. “Chemita” tuvo clase, ritmo, codicia. Embestía con la cara abajo, con recorrido, con una entrega que no se agotaba. Fue un novillo de los que permiten construir y emocionar al mismo tiempo.

Prieto lo recibió nuevamente a porta gayola, reafirmando su apuesta, pero fue con la muleta donde todo cobró sentido. La faena tuvo una lógica interna clara: dejar crecer al novillo, no violentarlo, acompañar su embestida. Hubo tandas ligadas, muletazos largos, momentos en los que el toreo fluyó sin necesidad de forzarlo. El inicio de rodillas marcó la disposición; lo que vino después, la capacidad.

“Chemita” fue a más en cada embestida. No se vino abajo. No dudó. Y eso, en un novillo, es oro puro. Por eso la plaza lo entendió de inmediato. La vuelta al ruedo en el arrastre no fue un gesto generoso: fue un reconocimiento pleno. En ese momento, la tarde dejó de ser una más y se convirtió en la tarde del novillo.

Y también, en buena medida, en la tarde del ganadero.

Porque más allá de la irregularidad lógica de un debut, lo que quedó fue la impresión de un camino posible. José Luis Alatorre vio salir a la plaza un animal que no solo cumplió, sino que destacó con claridad. Y hacerlo en San Marcos, en su primera novillada lidiada, tiene un peso específico. No es una anécdota: es una declaración.

El quinto, “Juan Pa”, volvió a bajar el tono. Deslucido, sin transmisión, no ofreció opciones. García lo intentó con voluntad, pero sin materia prima todo queda en esfuerzo.

Así se cerró el serial.

No con una tarde redonda en números, pero sí con un punto de apoyo claro. Porque al final, cuando se haga el recuento, no serán las orejas las que definan esta novillada, sino la aparición de un novillo que marcó diferencias… y la confirmación de un ganadero que, en su primera comparecencia en una plaza de tanta exigencia, dejó una señal que no conviene ignorar.

En San Marcos, eso ya es mucho decir.