Leticia Ramírez Amaya se ganó el tigre

SARA LOVERA

Ante el desastre del Sistema Educativo Nacional, donde muchas niñas y niños no volverán a las aulas, fracaso de la educación a distancia, propuestas negativas para el nuevo ciclo escolar, la exigencia de no reprobar a nadie, la devolución al sindicato del manejo de las plazas, subejercicio presupuestal y ceguera sistemática de instruir a niñas y niños para prevenir la violencia y la discriminación y relacionarse de otra manera, el lunes nos desayunamos con el nombra- miento de Leticia Ramírez Amaya como nueva titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP).

SE DIRÍA QUE SE GANÓ LA RIFA DEL TIGRE.
Supongo, porque la conozco, que aceptó la responsabilidad por estar convencida del proyecto que llevó al presidente Andrés Manuel López Obrador al poder en 2018. Viene de lejos escuchando a la gente y del sueño de transformar a México. Es feminista.

Su capacidad de oír a la gente, podría ser lo único positivo en las decisiones del presidente en materia educativa, en un momento desastroso, cuando el barco se hunde. Pa- rece un tiempo para dejar atrás el abismo y un camino sin salida en el que está la educación pública.

“Ella podría escuchar y actuar”, una virtud largamente amasada y muy bien practicada, así como su perfil discreto, características fundamentales, para tomar decisiones firmes, sin escándalos, enfrentará lo que todo mundo sabe: que tras bambalinas del nuevo programa educativo está la esposa de López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller y su maestro, Max Ortega.

Escribí de Leticia Ramírez Amaya en junio de 2021: “Esta mujer de origen profesora, antropóloga social, es ahora una experta en gestión y atención y lo ha conseguido con empatía hacia la ciudadana”, porque el ejercicio que realiza —desde la época de Cuauhtémoc Cárdenas cuando fue jefe de gobierno capitalino, era y es una tarea que incluye escuchar, documentar, averiguar y relacionarse, desde su oficina de Palacio Nacional, con más de 200 entidades públicas, gobiernos estatales y hasta municipios, como responsable de la Atención Ciudadana de Palacio Nacional.

Un día, María Lavalle Urbina, la primera mujer subsecretaria de educación primaria (1976 a 1980), me dijo que a las mujeres, cuando son inteligentes, eficientes y leales, las envían donde hay un desastre mayor. En aquel tiempo asomaba la Coordinadora Nacional del Magisterio, y las y los profesoras de la Sección Novena estaban cansadas del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) controlador y manipulador. De ese movimiento viene Leticia Ramírez Amaya.

La funcionaria hace mucho tiempo está desligada del sindicalismo magisterial, hoy sometido y colaborador, con el que tendrá que acordar. Su trabajo de años en ese arduo trabajo de atención y respuesta a la exigencia ciudadana, algo le habrán enseñado.

En la SEP, con un millón de maestros, conflictos cotidianos, opacidad en el manejo de recursos, eliminación de programas, la obligarán a acumular firmezas y mostrar que su excelente buen carácter no la doblará. Tendrá que enderezar un barco que naufraga, contemporizar con lobos de mar, bregar con una instancia utilizada, cíclicamente, como botín político.

El presidente de la República la invitó a la Mañanera una sola vez, con poco reconocimiento a su tarea. Este lunes no la dejó hablar ni refirió sus capacidades: “Una buena mujer, cerca de mi corazón”, dijo. Espera su lealtad; ella, sin un ápice de protagonismo. Esperaremos reacciones del magisterio, de especialistas que nos ha estado advirtiendo del desastre educativo, de cómo en las aulas se aprende el machismo y la discriminación. Duro lo entregado a esta mujer dulce, sencilla, firme que sabe más de lo que una puede imaginar. Veremos…